POR SUSANA DEL CALVO
Había que tomar la fortaleza por asalto, su padre estaba
renuente a que con apenas 12 años se fuera a la Sierra Maestra a hacer trabajo
voluntario a más de mil kilómetros de distancia. La madre orgullosa le firmó la
autorización pero la niña no quería dejar atrás resentimientos y el viejo tenía
el machismo del Siglo XV antes de nuestra era.
Junto a sus amigo de la escuela le prepararon una emboscada
y se presentaron todos en la casa con mochila al hombro para la despedida. Ella
sólo observaba la reacción de su padre que se puso rojo como un tomate maduro y
parecía que iba a estallar.
La tomó de la mano, la montó en el auto y en un silencio de
ultratumba recorrió toda la ciudad durante más de tres horas. Luego parqueo
bajo una arboleda y le dio un discurso interminable sobre lo que debían hacer
las mujeres, o sea, que si fuera hombre no tendría ningún problema y las cosas
serían diferentes.
Al final, como ella se mantuvo muy callada, le preguntó que
si había comprendido, la respuesta fue rotunda, que había entendido
perfectamente pero que iría de todas formas.
Arrancó el auto que por nada se come el árbol más cercano.
Durante tres meses de ausencia no le dirigió la palabra a la
madre y durmió incluso en otra habitación. El día del regreso la primera
sonrisa que recibió en el andén fue la del padre. Su niña había crecido y él
también.

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