jueves, 21 de julio de 2011

SECRETOS DE LA VIEJA HABANA

SECRETOS DE LA VIEJA HABANA
POR SUSANA DEL CALVO


Los secretos de la Habana Vieja, declarada por la UNESCO en 1982 Patrimonio de la Humanidad, son algo que atrae a nacionales y extranjeros, el celo por recuperar sus tesoros ha sido tal que estamos seguros que con el tiempo se podrán develar la mayoría de ellos por los investigadores que trabajan arduamente en el tema.
Es maravilloso sentarse en la Plaza de Armas, en un ángulo adecuado para poder contemplar el entorno salpicado de palomas, tal parece que nos contempla el Cristo de La Habana, con un cielo tan azul que se pierde la mirada en el horizonte al confundirse con las límpidas aguas que bordean el litoral y se adentran en una bahía que tiene tres bolsas como característica y que da buen resguardo ante temporales. La memoria nos lleva a aquellos tiempos de corsarios y piratas cuando la flota española se defendía de los que incursionaban para apropiarse de la villa.
Los españoles fundaron la ciudad en 1519, es bueno acotar que tuvo varios asentamientos pero ya en el siglo XVII se había convertido en uno de los principales centros de construcción de barcos en el Caribe, hasta llegar a lo que es hoy la Habana Vieja, el primero fue construido en el borde oeste de la Bahía de la Habana que está flanqueada por cuatro imponentes fortalezas construidas de piedra caliza: el Castillo del Morro, el Castillo de la Punta, la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña y el Castillo de la Real Fuerza. Es fácil de apreciar que esta zona mantiene una interesante mezcla de monumentos barrocos y neoclásicos, como aseveran los especialistas, así como un conjunto homogéneo de casas privadas, con arcadas, balcones, portones de hierro forjado y patios interiores, todo eso te lo enseñan al detalle en la época veraniega cuando se desarrolla el proyecto Rutas y Andares, con magníficos guías que te dan una amplia información con respuesta a las innumerables inquietudes de los visitantes, algunos que van desde que se iniciaron hace diez años. Nace en los muelles y los elevados que no olvidan el constante pasar de trenes, allí nos encontramos muy cerca la Alameda de Paula, sitio de paseo de la juventud habanera en épocas de la colonia que sirvió de pretexto a reuniones de los conspiradores contra España en las mesitas de los cafés aledaños, se guardan como reliquias restos de la muralla que custodiaba la ciudad que cerraba sus puertas al dar el cañonazo de las nueve de la noche en una ceremonia que se celebra todavía en nuestros días y que constituye una atracción turística al otro lado de la bahía en el castillo de La Cabaña. Llega hasta el Paseo del Prado, delicia de los infantes cuidado por hermosas estatuas de leones, cuyos árboles te permiten cobijarte a la sombra en el intenso verano.
Las antiguas colonias españolas en América se caracterizan en sus villas por una plaza central alrededor de la cual está siempre la iglesia y la vivienda del representante de la metrópoli, ahora bien, la Habana Vieja es atípica, pues aunque la plaza central es la de Armas, la acompañan diseminadas en su geografía, la Plaza Vieja, antiguamente denominada Plaza Nueva, la de San Francisco, la de la Catedral y la Plaza del Cristo. Algunos podría preguntarse el por qué cinco plazas mayores para una pequeña ciudad portuaria colonial y la respuesta es muy sencilla, se basa en la economía, si nos trasladamos a aquella época en la imaginación observaremos los barcos que venían de América cargados de riquezas con destino a España en espera que se reuniera la flota.
Cada vez que voy a esa zona de la ciudad me detengo en la Plaza de Armas, allí llevaba a mis hijos y en estos momentos los nietos, desde allí vemos que el Castillo de la Fuerza está en uno de los laterales que nos lleva por los vericuetos de la defensa de la ciudad de antaño, podemos señalar que en esa instalación se exhibe una réplica de la Giraldilla, símbolo de la ciudad por su lealtad y belleza, pues según cuenta la leyenda, la esposa de uno de los oficiales siempre se encontraba en el mirador de la fortaleza atisbando el horizonte en espera del compañero que partió para la Florida en busca de nuevas conquistas y aunque él murió en el empeño la bella mujer no perdía las esperanzas de volverlo a ver. Se trataba de Doña Inés de Bobadilla, esposa del gobernador Hernando de Soto, romántico explorador que buscó durante toda su vida la fuente de la Juventud.
Tal parece que la Plaza de Armas cobra vida, no sólo por el mercado de libros a su alrededor que puede satisfacer los deseos hasta del más exigente lector, sino por su vegetación sugerente. Con bancos de mármol que permiten un respiro al caminante para poder observar en el centro una escultura de Carlos Manuel de Céspedes, conocido como el Padre de la Patria, que está rodeada de miraguanos, palmeras reales y cuatro fuentes que recrean el paisaje. Son muy interesantes los recorridos de la zona guiados por un historiador, que al final ofrece una conferencia magistral sobre los últimos temas de investigación. Múltiples son las actividades culturales que allí se realizan, esta obra sin parangón está dirigida por el Historiador de la Ciudad de La Habana, Eusebio Leal, que tal parece una enciclopedia ambulante y te secuestra con su verbo.
No olvidemos que la urbe caribeña tuvo todo tipo de invasiones que podemos ver reflejadas en la mezcla arquitectónica con vestigios de la corona española con sus rasgos moriscos por la ocupación de más de siete siglos, la británica, la francesa y la estadounidense, este última etapa de la intervención a la Isla demolió las viejas construcciones para levantar otras imponentes fachadas neoclásicas. En la década del sesenta del siglo XX comienza el rescate del ambiente histórico de la Habana Vieja, impulsado por el Gobierno Revolucionario.
En otro de los laterales de la Plaza de Armas está el Palacio de los Capitanes Generales donde apenas atraviesas el portón puedes apreciar un hermoso patio interior con abundante vegetación en cuyo centro encontramos una estatua de Cristóbal Colón. Esta suntuosa construcción fue finalizada en 1776 y constituye uno de los más hermosos ejemplos de la arquitectura barroca de La Habana. Allí se firmaron decretos que cubren de luto la historia de Cuba como aquel donde se proclama la República en 1902, un nacimiento en cadenas hasta 1959. Fue palacio de la presidencia hasta 1920.
Se ha convertido en el Museo de la Ciudad que recorre la historia de la capital a través de pinturas, uniformes, un mobiliario de extremada riqueza, puede encontrar desde un alfiler hasta las calesas, sin olvidar los bustos de los presidentes cubanos de 1902-1952. Son extraordinarios los conciertos que en noche de sábado se ofrecen en el paradisíaco patio de la instalación. Frente al Palacio de los Capitanes Generales el pavimento es de madera preciosa ya que de esa forma apagaban el ruido de las calesas y los cascos de los caballos para no perturbar el sueño de los habitantes del recinto.
Resguardando la Plaza de Armas se encuentra también el Palacio del Segundo Cabo, con esos patios interiores de la época cuya vegetación es de envidiar, sus enrejados y los pájaros, acompañan las tertulias de lo que por mucho tiempo fungió como el Instituto Cubano del Libro, otrora oficina de correos colonial en 1772 y como sede del Congreso de 1902 a 1929. Escritores y poetas ofrecen a un público sediento el agua de la sabiduría y todos aprenden, tanto el que da como el que recibe, en las actividades que organizan las dos editoriales que hoy alberga vinculadas al Ministerio de Cultura.
Una de las instituciones habilitadas, también en los laterales de la Plaza de Armas, es la biblioteca Rubén Martínez Villena, con actividades de extensión cultural para niños y adultos. Las de los pequeños son tan sugerentes que en no pocas oportunidades los que cuentan más años también se quedan a escuchar a los juglares que nos traen las historias de la literatura universal.
No por menos importante hemos dejado para último en este recorrido por la Plaza de Armas al Templete construcción iniciada en 1827 para festejar el aniversario de la ciudad , mide doce varas de frente y ocho y media por los dos costados así como 11 de alto. Tiene la forma de un singular templo dórico que al entrar luego de subir apenas unos escalones nos permite admirar tres lienzos monumentales del pintor francés Juan Bautista Vermay, ellos representan: la misa, el cabildo y otro con la inauguración del monumento que se colocó después en el centro. En ese lugar se ofició la primera misa en San Cristóbal de La Habana en 1519.
La fachada es sencilla y elegante, compuesta por un pórtico de seis columnas dóricas, sosteniendo un friso decorado, y un potente frontón con una inscripción conmemorativa de la inauguración, tiene cuatro pilastras con capiteles dóricos y otros adornos en correspondencia con las columnas del portal; techo plano y amplia cornisa, zócalos, áticos y los pisos interiores de mármol, según afirman los expertos que nos ofrecen su sabiduría en los recorridos.
Muchos no se fijan en que El Templete está cerrado por unas verjas de lanzas de hierro terminadas en puntas de bronce, con pilares rematados por copas con piñas, se localizan, un busto de mármol de Cristóbal Colón y una ceiba. Sobre la columna hay una imagen de la Virgen del Pilar, patrona de los navegantes españoles.
No hay habanero que se respete que a lo largo de su vida no haya acudido a la ceremonia de la noche del 15 de noviembre, cuando al iniciar el día 16, fecha de la fundación de la ciudad, se realiza una ceremonia muy sencilla donde los presentes le dan tres vueltas a la Ceiba y le echan un centavo al árbol con la esperanza que se le cumpla un deseo, el rumor popular señala que es mejor que sea un kilo prieto, que ya no se encuentran ni en los centros espirituales, puedes pedir un deseo, es así como se celebra el aniversario. He perdido la cuenta de las veces que le he dado la vuelta a la bendita ceiba y siempre me parece que es la primera vez.
Un poco más de historia no viene mal porque esta tradición viene de los tiempos en que los dueños le daban a los negros esclavos unas horas de asueto ese día para que pudieran participar de los festejos, hoy por hoy es una de las fiestas más hermosa de la capital .
No lejos de la Plaza de Armas, apenas a unos doscientos metros, se encuentra la Plaza de la Catedral, una de las más conocidas internacionalmente, el santuario que da su nombre tiene una fachada de dos torres con campanas ubicadas a cada lado de la estructura central y una cúpula. Sin dudas el edificio de mayor importancia que data de 1777. El Templo esta formado por un rectángulo de 34 metros por 36, dividido por gruesos pilares en tres naves y ocho capillas en sus laterales. Es una belleza, no sólo por sus esculturas y el imponente Altar Mayor que consideran una verdadera obra de arte en orfebrería, sino también por sus pisos de baldosas de mármol negro y blanco. El paso del tiempo parece detenido y los fieles no dejan de acudir a los oficios religiosos, entre ellos el más concurrido es el del 24 de diciembre, la Misa del Gallo.
En la inmensa plazoleta se realizan numerosas actividades culturales, allí se ha presentado el Conjunto Nacional de Opera, la Orquesta Sinfónica, el Ballet Nacional y el Conjunto Folklórico, entre otros, que tienen como fondo los tres hermosos portones de la Catedral. Por el día se llena de mesas donde los artesanos ofertan el producto de su ingenio y también se puede uno sentar en los portales para algún refrigerio oportuno. Bordeando la Plaza se alzan otras atrayentes edificaciones como la casa de los Condes de Rayona, el portalón del Palacio que albergó a los Marqueses de Aguas Claras y los Palacios del Conde Lombillo y del Marqués de Arcos. Sin dudas es un sitio emblemático de la ciudad.
Menos conocida es la Plaza Vieja, que surgió como espacio abierto en 1559, conocida en sus inicios como Plaza Nueva ya que al surgir la Plaza del Santo Cristo los padres franciscanos solicitaron la creación de un centro con fines comerciales. La plaza representó el primer intento planificado de ampliación de la ciudad, fue una zona residencial, comercial y recreativa, sin contar con construcciones religiosas o de tipo político – militar. Ya en el siglo XVIII la Plaza fue convertida en mercado popular. En 1814 con el nacimiento del Mercado Nuevo de la Plaza del Cristo, pasó a denominarse Plaza Vieja para diferenciarla, ha sido identificada también como Real, Mayor, Mercado, Fernando VII, de la Constitución, parque Juan Bruno Zayas y Julián Grimau.

El conjunto arquitectónico urbanístico de la Plaza Vieja está representado por valiosas construcciones coloniales de los siglos XVII, XVIII y XIX, así como también algunos ejemplos de las primeras décadas del siglo XX que mantienen unidad estilística. En una de sus edificaciones laterales está instalado el Planetarium para disfrute de grandes y chicos. La Plaza Vieja sufrió grandes transformaciones para mal y luego finalmente restaurada, a su vez es escenario de diversas actividades entre ellas espectáculos de teatro de calle, acciones de artes plásticas y variedades circenses. Le dejamos a usted que descubra la Plaza del Cristo.
El programa Rutas y Andares, que organiza la Oficina del Historiador de La Habana, está encaminado a que la familia cubana se enamore del quehacer de la ciudad desde su fundación y muestra además el avance de las investigaciones que se realizan con descubrimientos que dejan perplejos hasta a los estudiosos.
Múltiples son las ofertas de la Habana Vieja refugio de prestigiosos artistas de la plástica que tienen sus estudios en los laberintos de esta zona de la ciudad que con el tiempo se desbordó hacia otras regiones y hoy cuenta con más de dos millones de habitantes sin contar el casi un millón de población flotante.
Una visita obligada es la Bodeguita del Medio, a la entrada una barra donde puedes encontrar el internacionalmente conocido mojito con el que debes de tener cuidado pues se va solo, tal parece un refresco, pero su carga de ron y azúcar pueden llevarte a pasar un mal rato. Un angosto pasillo nos lleva al restaurante donde prevalece como reina la comida tradicional con el asado de cerdo, el arroz blanco y los frijoles negros, que también combinan en su cocción para dar lugar al conocido congrí, y no pueden estar ausentes los tostones o plátano verde a puñetazos, acompañado por una ensalada de estación y una buena cerveza bien fría, de esa que vemos sudar la botella. Al decir de Ernest Hemingway, el mojito en la Bodeguita y el daiquirí en el Floridita, también en la Habana Vieja pero más cerca del Paseo del Prado.
El secreto del mojito es que esté bien fresca la hierba buena que se utiliza en su confección y se macere hasta que suelte el jugo y el del daiquiri es la precisión del cantinero en que al mezclar los ingredientes en la batidora ni se quede corto ni se pase para que quede esa hermosa textura que se parece a un merengue helado, pero tenga cuidado pues se van solos, son deliciosos y en ocasiones se nos olvidan que tienen ron y azúcar.
En la Habana Vieja encuentras restaurantes especializados en comidas de diferentes regiones del mundo entre las que se destacan la árabe y la china, pero puedes localizar la llamada comida de apuro o tente en pie, para calmar a los jugos gástricos cuando el estómago está pegado al espinazo porque hemos olvidado que el ser humano necesita llevarse algo a la boca para seguir el camino.
En esta reanimación de la Habana Vieja tienen muy presentes a los más pequeños de la casa, con centros de entretenimiento cultural como bibliotecas, exposiciones y talleres, no falta el parque de diversiones que hacen sus delicias con los inflables. Esta zona de la ciudad tiene las posibilidades bien explotadas de estimular los cinco sentidos y sembrar el interés por querer saber mucho más hasta en los más incrédulos, es una invitación constante a desarrollar las neuronas y los dejamos con la codicia de un buen pastel.

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