POR SUSANA DEL CALVO
Debemos subir a más de 4 000 metros entre montañas y sólo tenemos una moto. Con la mirada comprendió que ella sabía del peligro y que estaba decidida a ir a la posta médica más elevada de Guatemala aunque fuera caminando.
Emprendieron el triste y desolado sendero y llegaron para conocer el trabajo de esos héroes de batas blancas, en una localidad que había dejado abajo no sólo las nubes, sino también el dolor de la lejanía de sus seres queridos que esperaban en el Trópico.
Ni siquiera habían tomado un respiro cuando llegó una madre desesperada porque a su pequeño lo había picado una serpiente. Sin demora le aplicaron el antídoto, lo reanimaron y lo dejaron en observación.
Mientras la doctora con un mechero descongelaba el agua de la tubería para hacernos un café que nos protegiera del intenso frío, se nos hacía un nudo en la garganta al pensar en los que no llegaron a tener esa oportunidad.
Al mirar a la indígena que no dejaba de bendecir a su doctora cubana pensamos que mejor nos hubiera hecho falta una botella de ron.
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